Su piel parecía palidecerse cuando tenía contacto con cada fotón. Y de repente, sus manos se unieron.
Siguieron avanzando, con paso precavido por el bosque.
Centenares de abetos se extendían a su alrededor. Y ni siquiera la frondosidad de la región los detenía. Seguían caminando, muy decididos.
Al fin, la niña soltó la mano de su acompañante. Y sin hablar, le indicó que la precediera. El niño, hizo lo suyo. La niña, lo siguió.
Tamborileante a través de los largos y espesos pastos, los dos siguieron adentrándose en el bosque. Y para sorpresa de ambos, una débil agua apareció.
El niño no tuvo más que pensar, pensar, acerca de dónde se encontraba.
Sin embargo, era inútil.
La niña, comprendiendo su ignorancia, esta vez se le adelantó.
Y los ojos del niño se abrieron como platos. Es que, para su gran asombro, la niña siguió caminando. Contempló anonadadamente como ésta comenzaba a desaparecer. Primero sus pies, luego sus piernas, sus brazos, su torso. Y al final, su cabeza.
Estupefacto, el niño huyó de aquel bosque, sin sentido alguno.
Y a los pocos segundos, la niña reapareció, desde las claras aguas de un lago, exclamandole a su compañero, un alegre:
- ¡Ven, zambúllete!
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